Por lo que respecta a los pensamientos del hombre quiero considerarlos en
primer término singularmente, y luego en su conjunto es decir, en su
dependencia mutua.
Singularmente cada uno de ellos es una representación o apariencia de cierta
cualidad o de otro accidente de un cuerpo exterior a nosotros, de lo que
comúnmente llamamos objeto. Dicho objeto actúa sobre los ojos, oídos y otras
partes del cuerpo humano, y por su diversidad de actuación produce diversidad de apariencias.
El origen de todo ello es lo que llamamos sensación (en efecto: no existe
ninguna concepción en el intelecto humano que antes no haya sido recibida,
totalmente o en parte, por los órganos de los sentidos). Todo lo demás deriva
de ese elemento primordial.
Para el objeto que ahora nos proponemos no es muy necesario conocer la
causa natural de las sensaciones; ya en otra parte he escrito largamente acerca
del particular. No obstante, para llenar en totalidad las exigencias del método
que ahora me ocupa, quiero examinar brevemente, en este lugar, dicha materia.
La causa de la sensación es el cuerpo externo u objeto que actúa sobre el
órgano propio de cada sensación, ya sea de modo inmediato, como en el gusto o
en el tacto, o mediatamente como en la vista, el oído y el olfato: dicha acción,
por medio de los nervios y otras fibras y membranas del cuerpo, se adentra por
este hasta el cerebro y el corazón, y causa allí una resistencia, reacción o
esfuerzo del corazón, para liberarse: esfuerzo que dirigido hacia el exterior,
parece ser algo externo. Esta apariencia o fantasía es lo que los hombres
llaman sensación, y consiste para el ojo en una luz o color figurado; para el
oído en un sonido; para la pituitaria en un olor; para la lengua o el paladar
en un sabor; para el resto del cuerpo en calor, frio, dureza, suavidad y otras
diversas cualidades que por medio de la sensación discernimos. Todas estas
cualidades se denominan sensibles y no son, en el objeto que las causa, sino
distintos movimientos en la materia, mediante los cuales actúa ésta
diversamente sobre nuestros órganos. En nosotros, cuando somos influidos por
ese efecto, no hay tampoco otra cosa sino movimientos (porque el movimiento no
produce otra cosa que movimiento). Ahora bien: su apariencia con respecto a
nosotros constituye una fantasía, tanto en estado de vigilia como de sueño; y
así como cuando oprimimos el oído se produce un rumor, así también los cuerpos
que vemos u oímos producen el mismo efecto con su acción tenaz, aunque
imperceptible. En efecto, si tales colores o sonidos estuvieran en los cuerpos
u objetos que los causan, no podrían ser separados de ellos como lo son por los
espejos, y en los ecos mediante la reflexión. De donde resulta evidente que la
cosa vista se encuentra en una parte, y la apariencia en otra. Y aunque a
cierta distancia lo real, el objeto visto parece revestido por la fantasía que
en nosotros produce, lo cierto es que una cosa es el objeto y otra la imagen o fantasía.
Así que las sensaciones, en todos los casos, no son otra cosa que fantasía
original, causada, como ya he dicho, por la presión, es decir, por los
movimientos de las cosas externas sobre nuestros ojos, oídos y otros órganos.
Ahora bien, las escuelas filosóficas en todas las Universidades de la
cristiandad, fundándose sobre ciertos textos de Aristóteles, enseñan otra doctrina,
y dicen, por lo que respecta a la visión, que la cosa vista emite de sí, por
todas partes, una especie visible, aparición o aspecto, o cosa vista; la recepción
de ello por el ojo constituye la visión. Y por lo que respeta a la audición,
dicen que la cosa oída emite de si una especie audible, aspecto o cosa audible,
que al penetrar en el oído engendra la audición. Incluso por lo que respecta a
la causa de la comprensión, dicen que la cosa comprendida emana de si una
especie inteligible, es decir, un inteligible que al llegar a la comprensión
nos hace comprender. No digo esto con propósito de censurar lo que es costumbre
en las Universidades, sino porque como posteriormente he de referirme a su
misión en el Estado, me interesa haceros ver en todas ocasiones que cosas deben
ser enmendadas al respecto. Entre ellas está la frecuencia con que usan
elocuciones desprovistas de su significación.
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